Hablar de La Martinuca ya no es solo hablar de tortilla. Es hablar de un proyecto que aspira a algo mucho más ambicioso: convertir uno de los productos más identitarios de la gastronomía española en el eje vertebrador de un concepto de restauración total, capaz de abarcar todos los momentos de consumo, todos los canales y todos los contextos.
Así lo explica Víctor Naranjo, CEO de la compañía, con una idea muy clara en mente: “En un mismo espacio podemos dar servicio al delivery, al takeaway, al barrio o al pueblo donde estemos, a la comunidad de vecinos y, por supuesto, a la sala. Ese es el reto que tenemos por delante”.
La tortilla como hilo conductor de todo el día
La clave está en la versatilidad de la tortilla. Para La Martinuca no es solo un plato, sino una categoría en sí misma, capaz de acompañar al cliente desde primera hora de la mañana hasta la noche. “La tortilla tiene que estar en todos los momentos y en todos los entornos”, afirma Naranjo. Desayunos, comidas informales, cenas, consumo compartido, delivery para grupos, pinchos rápidos o incluso propuestas más sofisticadas como cócteles o formatos de barra: todo cabe si el producto lo permite.
Uno de los aspectos más llamativos del modelo de La Martinuca es cómo se comporta el ticket medio según el canal
Y la tortilla lo permite. “Aprovechando la versatilidad de la categoría, podríamos estar presentes desde las ocho de la mañana hasta las dos de la madrugada”, explica el CEO. Un planteamiento que va más allá del producto y que se apoya también en el desarrollo de nuevas experiencias dentro del local, como la llamada barra fina: un espacio de interacción directa con el cliente, donde el tortillero adquiere un papel protagonista, casi artesanal, conversando mientras da la vuelta a la tortilla o sirve el pincho.
Delivery, sala y barrio: un equilibrio natural
Uno de los aspectos más llamativos del modelo de La Martinuca es cómo se comporta el ticket medio según el canal. A diferencia de lo habitual, el delivery no se devalúa frente al consumo en sala. “Es darle naturalidad a lo que sucede”, señala Naranjo. En delivery, la tortilla se convierte en un elemento de reunión, de compartir, con pedidos grandes que incluyen tortillas enteras o incluso decenas de bocatas. En sala, en cambio, el pincho se percibe como rotación, con consumos más ágiles y tiempos medios de ocupación de mesa de unos 20 o 30 minutos.
Este equilibrio ha llevado a la marca a repensar el papel de la sala, no solo como espacio de consumo rápido, sino como una palanca clave para la rentabilidad futura, apoyada en una experiencia más cuidada y en un equipo altamente especializado.

Calidad y escalabilidad: los dos pilares irrenunciables
Si hay dos conceptos que se repiten de forma constante en el discurso de La Martinuca son calidad y escalabilidad. “Son los dos factores críticos de éxito”, reconoce Naranjo. La calidad está completamente interiorizada: ingredientes premium, procesos cuidados y un respeto absoluto por el producto. Pero en un proyecto con vocación de crecimiento, esa calidad debe ser, además, escalable.
“No tiene sentido hacer algo que no podamos estandarizar sin perder nivel. Si no es escalable, no se cumplen las expectativas del cliente, se reducen visitas y rotación”, explica. Por eso, cada nueva receta pasa por ese doble filtro: excelencia y posibilidad real de reproducirse en distintos puntos de venta sin perder identidad.
El momento tortilla funciona casi como un refugio
Un ejemplo es la tortilla de butifarra del perol, nacida para Barcelona y que, tras su buena acogida, encontró también su lugar en Madrid. O las pruebas constantes que se realizan en I+D, muchas de ellas más experimentales, que quedan “aparcadas” hasta encontrar el contexto adecuado donde encajen.
Tradición, emoción y memoria colectiva
Más allá del modelo de negocio, La Martinuca ha sabido conectar con algo mucho más profundo: la memoria emocional del cliente. “Respetar la identidad de la tortilla y que te recuerde a casa es clave. Hay muchas tortillas que no lo hacen”, afirma su CEO. En su caso, la referencia es clara: la tortilla de la abuela, los olores del barrio, la cocina de siempre.
En un contexto de hiperconectividad y prisas constantes, el momento tortilla funciona casi como un refugio. “El pincho separa, te teletransporta al origen”, dice Naranjo. Y ahí reside gran parte del éxito de la marca: no apela a un nacionalismo de bandera, sino a uno de tradición, de legado compartido. La tortilla como patrimonio emocional.
Crecer sin perder el alma
Con más de diez puntos de venta en España y un comité ejecutivo consolidado, La Martinuca mira ya hacia fuera. El objetivo es claro: llegar a mercados como Nueva York y representar a España desde un plato bien hecho. Eso sí, sin franquiciar y sin perder el control del proyecto. “Si salimos fuera, tiene que ser con socios expertos en restauración local, pero con nuestra marca y con nosotros dentro. Estamos representando a un país y eso exige liderazgo y coherencia”.
Esa coherencia se refleja también en su propuesta gastronómica, que sigue creciendo alrededor de la tortilla, pero sin perder el sabor de bar de siempre afinado para el presente: desde nuevas tortillas de temporada —pimientos, sobrasada o trufa— hasta una carta que reivindica recetas de toda la vida hechas con producto honesto y sin artificios.
La Martinuca no quiere reinventar la tortilla. Quiere hacerla eterna. Y, en el camino, demostrar que un producto tan humilde como universal puede convertirse en el corazón de un concepto de restauración total, emocionalmente poderoso y empresarialmente sólido.